domingo, 12 de febrero de 2017

Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre...

En la salud y en la enfermedad...
En lo próspero y en lo adverso...
En las alegrías y en las tristezas...

Los votos matrimoniales son claros, han sido dichos y escuchados tantas veces. Pero la profundidad de su significado no ha cambiado.

Cuando te pongás la camiseta del equipo (siendo el equipo tu pareja y tú), pero también cuando no te la querés poner. Ahí está el amor.

Cuando pensés que tu pareja es perfecto/a para ti, pero también cuando pensés que no se logran comunicar en lo más mínimo. Ahí está el amor.

Cuando sintás que están en completa sintonía, pero también cuando sintás que piensan de maneras completamente diferentes. Ahí está el amor.

Cuando te ilusionás por volverse a ver, pero también cuando necesitás tu espacio a solas un rato. Ahí está el amor.

Cuando los demás no quieren apostarle al amor verdadero, pero tu pareja y tú están dispuestos a intentarlo. Cuando decides cada día volverlo a intentar, llegando a comprender que no existen las personas perfectas ni las relaciones perfectas, sino que simplemente seres humanos dispuestos a volver a empezar cuantas veces sea necesario. Cuando estás dispuesto a no caer ante los prejuicios dañinos del matrimonio y de la familia tan comunes en nuestra cultura, que muy lejos están de la realidad llena de felicidad plena. Cuando llegan las adversidades, las enfermedades físicas o del espíritu, y sacan lo mejor de ambos. Todos ellos son pequeños milagros, que permiten que la esperanza siga latiendo en esta contaminada sociedad.

Cuando no nos damos por vencidos, y decidimos volver a amar. Ahí es cuando damos vida a la frase "lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". O como escuché hace ya algún tiempo (y me encanta verlo de esa manera), "hasta que la muerte los una más". De cualquier manera, apostar por este tipo de amor, es una aventura verdaderamente extraordinaria.