martes, 10 de octubre de 2017

A propósito de la salud mental, en su día mundial #hablemos

Cada 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental. Desde hace un año, la OMS decidió enfocarse en la "Salud Mental en el trabajo". Las horas que invertimos en el trabajo cada día usualmente son las de mayor cantidad en el total de horas del día, por eso, la salud mental que tengamos para trabajar es MUY importante, es decir: cómo manejamos nuestro tiempo, cuáles son nuestras ideas respecto a productividad, si establecemos límites o no para una vida personal satisfactoria, si nos sentimos bien en donde laboramos, si creemos que nuestro trabajo tiene un sentido y un fin en nuestra vida. Muchas cosas de nuestra vida diaria van ligadas al trabajo, aunque no nos demos cuenta conscientemente. Unas probablemente han sido aprendidas (consciente e inconscientemente), y otras probablemente han sido adaptativas, dependiendo de nuestras circunstancias.

Creo que hay que tomar en cuenta las ideas culturales respecto al trabajo, porque serán nuestro "himno" en el día a día en nuestro entorno. He notado que en la cultura chapina somos muy afanados en el trabajo, y eso instaura ideas tales como: es necesario desvelarse para ser productivo, si una persona no trabaja 10 horas o más "no se esfuerza", si alguien se "queja" en el trabajo es sinónimo de debilidad, hasta las enfermedades físicas (y no digamos las mentales) son consideradas debilidad, e incluso ofensa (porque cómo es posible que alguien se enferme...) ¿Será que todo esto es verdaderamente cierto? ¿No debería ser considerado como algo muy bueno el hecho de que alguien sea eficiente sin necesitar todo el día para hacer sus tareas? He tenido la oportunidad de laborar en tres empresas con campos de acción completamente diferentes, y sin embargo he notado algunos denominadores comunes:

  • Muy pocas personas respetan su horario de trabajo. Usualmente salen mucho más tarde todos los días. Y no estoy tomando en cuenta su tiempo de transporte, así que a eso habría que añadirle las horas que cada día necesitan (mínimo entre 1-3 o más)
  • Muy pocas personas tienen hábitos y horarios alimenticios sanos. Priorizan el trabajo y les cuesta hacer una pausa "decente" para comer. Es decir, cambiar de ambiente (ir a la cafetería o comedor), sentarse, tomarse 20 minutos para comer despacio, desligarse del teléfono, correo, etc. Muchos incluso se excusan en ello para no comer balanceadamente, o para hacer sólo 1-2 tiempos de comida (¡en todo el día!).
  •  Muy pocos cultivan otros hábitos en su vida: ejercicio, hobbies o actividades familiares. No es visto como una necesidad, sino como un "lujo para los que tienen tiempo" (lo cual es totalmente falso).
  • Muchos continúan conectados a su trabajo a distancia, a pesar de no ser indispensable. Hay poco delimitación respecto al trabajo con la vida personal y familiar.
Todo esto pasa factura convirtiéndose en trastornos de la salud física y mental, tarde o temprano las consecuencias se hacen notar y usualmente los pacientes consultan desconcertados porque no saben la causa de su insomnio, de su ansiedad, de su estado de ánimo alterado, de su sobrepeso o bajo apetito, de su presión, colesterol o azúcar altos, y de tantas cosas que comienzan a mermar sus relaciones interpersonales, tanto en el trabajo como en casa, como mal humor, desánimo, etcétera.

Por eso, establecer límites, empezando con uno mismo, es CLAVE. Cuidar lo que comemos, lo que hacemos con el resto de horas al día que no deberían ocuparse en el trabajo, el sueño, y nuestras actividades para nutrirnos a nosotros mismos. "Trabajar para vivir", y no a la inversa, "vivir para trabajar", porque somos seres humanos tan integrales que no necesitamos sólo de eso. Si bien es cierto que es excelente que nos apasione lo que hacemos, no somos sólo lo que hacemos (laboralmente hablando). Así que hoy, es un buen día para reflexionar al respecto, y hacer una lista de sueños y tareas por cumplir para felicidad de uno mismo. Porque no puede haber salud física sin salud mental ;)

martes, 15 de agosto de 2017

Cerebro de mamá

Nunca me puse a pensar respecto a la maternidad. No fui de las mujeres que soñaban con casarse cual cuento de hadas, ni mucho menos jugaba a tener bebés cuando era niña. No sé, jugábamos tantas cosas con mis amigos en ese entonces que nunca fue parte de mi menú de cosas divertidas.

Al comenzar mi etapa adulta, tampoco pensé en ser mamá. Tenía suficiente con descifrar mis propios dilemas y encontrar respuestas a mis preguntas. Tenía tan mala imagen y experiencia en cuanto a relaciones de noviazgo y matrimonio que no lo miraba viable para mí (la historia de tanto adulto joven que no cree en el amor...). Sin embargo, la historia fue otra y construí una relación, junto con quien ahora es mi equipo favorito, el amor de mi vida (AKA mi esposo). Y juntos, iniciamos una familia, que en estos tiempos es considerada numerosa: nuestros tres Bodoquitos. Sólo escribirlo ya me dio una sonrisa y mucha alegría en el corazón.

Entonces, en un periodo de dos años, me convertí en mamá de tres. Es algo muy intenso para tan poco tiempo (a largo plazo). He aprendido tanto, TANTO en los últimos tres años de mi vida que no podría describirlo en una sola nota. El chip acelerado de mamá de pensar muchas cosas distintas en un sólo día es algo difícil de callar, para lograr tomarme un momento pequeño de ese mismo día y reflexionar, agradecer, saborear todo lo que deja este amor tan tremendo que viene al construir una familia.

De verdad creo que el ser humano no sabe la capacidad de amar que tiene hasta que el corazón se te expande obligatoriamente. Hay muchas ideas sobre la familia en estos tiempos, la mayoría probablemente no son muy positivas. Unos dicen que sólo sirve para dejarte pobre (económicamente hablando, claro), otros lo ven como algo desgastante y sin valor suficiente como para esforzarse en construirla, y otros lo ven como un proyecto utópico, no viable. Y así, ideas muy diversas que se derivan de muchas circunstancias de vida. Y como yo solo puedo hablar por mí, tengo la dicha, el privilegio de poder decir que empezar a construir mi propia familia ha sido la experiencia más extraordinaria que he podido vivir. Ni los títulos, ni los bienes materiales, nada se compara con aprender a expandir el corazón con tu propia sangre, con el fruto del amor con tu persona favorita.

Probablemente estoy algo meditabunda porque se acerca el primer cumpleaños de nuestros cuaches. Un año de haberlos recibido en nuestros brazos, lleno de retos pero más que todo, lleno de bendiciones. No podemos imaginaros la vida sin ninguno de nuestros tres hijos. Son TAN únicos, tan ellos mismos a pesar de su corta edad. Sólo queda agradecer humildemente a Dios por semejante regalo, y pedirle muuuucha sabiduría y todos los dones necesarios para educarlos de mente y corazón.

El cerebro de mamá nunca se apaga. Y el corazón de mamá nunca se deja de expandir.

domingo, 12 de febrero de 2017

Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre...

En la salud y en la enfermedad...
En lo próspero y en lo adverso...
En las alegrías y en las tristezas...

Los votos matrimoniales son claros, han sido dichos y escuchados tantas veces. Pero la profundidad de su significado no ha cambiado.

Cuando te pongás la camiseta del equipo (siendo el equipo tu pareja y tú), pero también cuando no te la querés poner. Ahí está el amor.

Cuando pensés que tu pareja es perfecto/a para ti, pero también cuando pensés que no se logran comunicar en lo más mínimo. Ahí está el amor.

Cuando sintás que están en completa sintonía, pero también cuando sintás que piensan de maneras completamente diferentes. Ahí está el amor.

Cuando te ilusionás por volverse a ver, pero también cuando necesitás tu espacio a solas un rato. Ahí está el amor.

Cuando los demás no quieren apostarle al amor verdadero, pero tu pareja y tú están dispuestos a intentarlo. Cuando decides cada día volverlo a intentar, llegando a comprender que no existen las personas perfectas ni las relaciones perfectas, sino que simplemente seres humanos dispuestos a volver a empezar cuantas veces sea necesario. Cuando estás dispuesto a no caer ante los prejuicios dañinos del matrimonio y de la familia tan comunes en nuestra cultura, que muy lejos están de la realidad llena de felicidad plena. Cuando llegan las adversidades, las enfermedades físicas o del espíritu, y sacan lo mejor de ambos. Todos ellos son pequeños milagros, que permiten que la esperanza siga latiendo en esta contaminada sociedad.

Cuando no nos damos por vencidos, y decidimos volver a amar. Ahí es cuando damos vida a la frase "lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". O como escuché hace ya algún tiempo (y me encanta verlo de esa manera), "hasta que la muerte los una más". De cualquier manera, apostar por este tipo de amor, es una aventura verdaderamente extraordinaria. 


viernes, 13 de enero de 2017

Confrontación y conflicto

Hace unos días trabajamos con mi esposo un taller para matrimonios junto a nuestra comunidad de parejas. Fue respecto a la confrontación, su título era "confrontación positiva" pero en el mismo taller explicaban cómo eso no existe, y que sólo existe la confrontación como tal. Estuvo bastante interesante el aprendizaje y me llamó tanto la atención que decidí compartirlo, ya que no solo aplica a la vida en pareja sino a toda relación humana, en realidad.

He pensado que el tema es tan trascendental que incluso es a nivel cultural, por lo menos en cuanto a la cultura chapina. Es muy común confundir "confrontación" con pleito, problema, o conflicto. Es decir: Si me expreso honestamente, si expongo mi punto de vista o mi opinión respecto a algo, pienso automáticamente que equivale a un problema. Y eso puede llevarme en muchas ocasiones a "quedarme callada para llevar la fiesta en paz", situación más conocida como "paz barata". ¿Cuánto afecta este pensamiento? Mucho, ¡muchísimo! Porque no soy honesta ni conmigo misma ni con los demás, sólo para "no  armar clavo". Nosotros, el otro día, lo analizamos como matrimonio, pero al hablar de esto con las demás parejas, comentábamos lo común que es en nuestro país que preferimos quedarnos callados en muchas ocasiones para "no incomodar", o para "no hacer más grande el asunto". La realidad es que si tenemos clara la definición de confrontar, deberíamos tener el hábito de decir "esto no me gusta", o "esto no me parece" sin predisponernos a que pensar distinto es sinónimo de "problema". Lo opuesto sería: expresar mis pensamientos/sentimientos de manera respetuosa, sin temor a ser discriminado, con el fin de dialogar, no de causar conflicto. O bien, escuchar al otro sin hacerlo de menos o sin causar conflicto solo por pensar o sentir diferente a mí. 

En nuestro país, pensar diferente generalmente va vinculado a insultos, bullying, discriminación, entre otros. Es muy raro el ambiente, me atrevo a decir, donde la diversidad del pensamiento se considere como RIQUEZA. ¿No sería más sano, más interesante y enriquecedor, si todos aportáramos lo mejor de nosotros mismos, sin tapujos? Diferente no es igual a malo. Es simplemente eso: diferente. Desafortunadamente, algunos hemos crecido en ambientes donde "es mejor no incomodar". 

Como contaba, nosotros ese día lo trabajamos como pareja y reflexionamos lo importante que es decirnos uno al otro lo que verdaderamente pensamos y decimos. Pero creo que esto debe aplicar a las amistades, a las familias, y a todas nuestras relaciones humanas en general. Claro, todo con modo: con respeto y caridad, todo se puede decir. Y como todo hábito: esto es aprendido, es decir, lleva tiempo y trabajo. Pero si tan solo estamos dispuestos, simplemente dispuestos a escuchar sin estar a la defensiva, seguro haremos mucho por nosotros y por los demás. Y a gran escala podemos lograr una sociedad más incluyente, más tolerante, donde la libertad de expresión respetuosa sea algo normal, y no la causa de conflictos.

lunes, 2 de enero de 2017

El peligro de hacer consciente lo inconsciente

No se puede ser la misma persona después de hacer consciente lo inconsciente. Te das cuenta de la importancia de la percepción, de las palabras, de las decisiones “pequeñas” de cada día porque todo tiene una GRAN importancia: la manera en la que te levantas, el tiempo que inviertes en cada cosa, todo tiene su razón de ser y todo tiene sus consecuencias cada día, todos los días.

Si te gusta madrugar o no. Si te gusta lo que haces, donde vives, con quienes convives, el ambiente en el que estás. Todo, todo tiene injerencia en cómo te sientes, en cómo ves la vida y en cómo juzgas a los demás. Si haces tiempo para ti, si cuidas tu cuerpo, si cuidas lo que ves, lo que escuchas, lo que está a tu alcance, lo que comes, si las personas con quienes compartes tu tiempo aportan algo bueno a tu vida, o no. El bienestar ya no parece tan egoísta después de todo, porque en realidad, ¿quién puede dar algo que no tiene? ¿Cómo contribuir a dar algo mejor a este mundo si YO no estoy bien conmigo misma? Si no me parece agradable y satisfactorio lo que hago todos los días, si existo mecánicamente, porque sí, ¿cómo esperar algo bueno de la vida, cómo ser feliz si sólo existo y no vivo?

La belleza de hacer consciente lo inconsciente es descubrir nuestra mejor herramienta: la capacidad de decisión. Dejar de culpar al mundo y su humanidad por lo bueno y lo malo de mi vida, porque en realidad “se cosecha lo que se siembra”. ¿No me gusta algo? Puedo hacer algo al respecto. ¿Me gusta algo? También puedo hacer algo al respecto. Tengo 24 horas cada día y debo escoger cómo invertir ese tiempo. No “me lleva” esta vida: yo escojo cómo vivir. Dios me invita a descubrir y explotar mis talentos, como persona única e inigualable: me invita a hacer algo con ellos, a no enterrarlos ni desperdiciarlos, sino a descubrir mi máximo potencial y compartirlo en servicio con los demás. Por ende, si pretendo desarrollar estos talentos, mi tiempo debe ser dirigido a esto, ¿o no? ¿Para qué invertir tiempo en cosas que me alejen de dicho objetivo? Resulta bastante lógico, en realidad.


No es fácil, pero es posible. El detalle es que mi felicidad depende de ello.