martes, 15 de agosto de 2017

Cerebro de mamá

Nunca me puse a pensar respecto a la maternidad. No fui de las mujeres que soñaban con casarse cual cuento de hadas, ni mucho menos jugaba a tener bebés cuando era niña. No sé, jugábamos tantas cosas con mis amigos en ese entonces que nunca fue parte de mi menú de cosas divertidas.

Al comenzar mi etapa adulta, tampoco pensé en ser mamá. Tenía suficiente con descifrar mis propios dilemas y encontrar respuestas a mis preguntas. Tenía tan mala imagen y experiencia en cuanto a relaciones de noviazgo y matrimonio que no lo miraba viable para mí (la historia de tanto adulto joven que no cree en el amor...). Sin embargo, la historia fue otra y construí una relación, junto con quien ahora es mi equipo favorito, el amor de mi vida (AKA mi esposo). Y juntos, iniciamos una familia, que en estos tiempos es considerada numerosa: nuestros tres Bodoquitos. Sólo escribirlo ya me dio una sonrisa y mucha alegría en el corazón.

Entonces, en un periodo de dos años, me convertí en mamá de tres. Es algo muy intenso para tan poco tiempo (a largo plazo). He aprendido tanto, TANTO en los últimos tres años de mi vida que no podría describirlo en una sola nota. El chip acelerado de mamá de pensar muchas cosas distintas en un sólo día es algo difícil de callar, para lograr tomarme un momento pequeño de ese mismo día y reflexionar, agradecer, saborear todo lo que deja este amor tan tremendo que viene al construir una familia.

De verdad creo que el ser humano no sabe la capacidad de amar que tiene hasta que el corazón se te expande obligatoriamente. Hay muchas ideas sobre la familia en estos tiempos, la mayoría probablemente no son muy positivas. Unos dicen que sólo sirve para dejarte pobre (económicamente hablando, claro), otros lo ven como algo desgastante y sin valor suficiente como para esforzarse en construirla, y otros lo ven como un proyecto utópico, no viable. Y así, ideas muy diversas que se derivan de muchas circunstancias de vida. Y como yo solo puedo hablar por mí, tengo la dicha, el privilegio de poder decir que empezar a construir mi propia familia ha sido la experiencia más extraordinaria que he podido vivir. Ni los títulos, ni los bienes materiales, nada se compara con aprender a expandir el corazón con tu propia sangre, con el fruto del amor con tu persona favorita.

Probablemente estoy algo meditabunda porque se acerca el primer cumpleaños de nuestros cuaches. Un año de haberlos recibido en nuestros brazos, lleno de retos pero más que todo, lleno de bendiciones. No podemos imaginaros la vida sin ninguno de nuestros tres hijos. Son TAN únicos, tan ellos mismos a pesar de su corta edad. Sólo queda agradecer humildemente a Dios por semejante regalo, y pedirle muuuucha sabiduría y todos los dones necesarios para educarlos de mente y corazón.

El cerebro de mamá nunca se apaga. Y el corazón de mamá nunca se deja de expandir.

2 comentarios:

  1. Que lindo Ana. Un abrazo fuerte y que seguí compartiendo lo aprendido... me gustó mucho

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  2. ¡Muchas gracias! No sé quién eres, pero abrazo de vuelta jajaja!

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